Superando los malos recuerdos.

Superando los malos recuerdos.

Para ponernos en contexto diré que soy la típica loca de los animales. En especial de los gatos. Así que cuando cumplí 18 años, adopté a una gatita, a pesar de que mis padres me lo tenían prohibido. Esa gatita blanquinegra, a la que llamé Milka, fue mi mejor amiga tres años. Mi familia por supuesto, enseguida le cogió cariño… Era buena, lista, guapa. Lo tenía todo y yo la adoraba.

Recuerdo que un fin de semana la dejé en casa de mi madre pues yo me iba a pasar la noche fuera con mi pareja, era mi cumpleaños.

La gata no conocía la casa y en algún descuido se escapó (era un chalet). Volví a primera hora de la mañana en cuanto mi madre me avisó.

Los días y semanas que siguieron fueron los más horribles que he vivido, empapelé toda la ciudad con su foto, llamé a todas las perreras, clínicas, tiendas de animales, por si acaso alguien sabía algo. Convoqué a todos mis amigos y familiares para peinar las calles… Recibí cientos de llamadas hasta meses después, pero nunca era ella, nunca era mi Milka. Era como buscar una aguja en un pajar, además en las calles en esas fechas hay cientos de gatos y nadie se fija en ellos…

En fin, aún se me parte el alma cuando la recuerdo y han pasado ya 4 años.

Después de esto, me sentía horriblemente culpable, decidí no volver a tener animales a mi cargo nunca más, pues creía que no lo merecía.

Sin embargo poco después, empecé a colaborar con protectoras felinas, echaba tanto de menos el cariño de estos animales tan increíbles… así que ya que yo no “quería” adoptar a otro gato, al menos ayudaba en lo que podía.

Pero… llega un momento en el que el instinto maternal felino se sobrepone a los miedos y a los malos recuerdos, así que hace justo un año me lancé y Merlín llegó a mi vida. Tenía solo 6 semanas, era rubito y precioso, con unos enormes ojos azules, mimoso y juguetón, yo estaba como loca con el. No me despegaba ni un segundo.

No llevaba ni una semana conmigo cuando fui a mi veterinario de siempre para que me diera una pastillita desparasitante. El veterinario se confundió y me dio una de dosis de adulto. A Merlín le dio una sobredosis que casi lo mata.

Afortunadamente, como yo no me despegaba de él, a pesar de que los síntomas le dieron a las 12 de la noche d un viernes… Yo estaba con él en casa, y me di cuenta.

Mi bebé estaba raro, no podía sostenerse en pie y maullaba sin parar. Me pedía ayuda.

Por suerte una clínica veterinaria de urgencias, que la llevan un par de profesionales increíbles, me atendieron enseguida.

Merlín estuvo toda la noche ingresado, con vía y mascarilla de oxígeno y muy muy malito. Durante varias horas dudábamos que fuera a superarlo. Le rogué una y mil veces que por favor no me dejara, que necesitaba que nos hiciéramos viejitos juntos, y me hizo caso, se quedó conmigo.

Pocos meses después, quise darle una hermanita, mi chico y yo la adoptamos ya más crecidita, tenía cerca de un año y las chicas de la protectora la habían encontrado andando por los cables de un edificio (es que es un poco temeraria nuestra niña).

Cuando la fuimos a conocer nos enamoramos… Era melosa, ronroneadora y con mucha mucha personalidad (y mucho morro, dicho sea de paso). La llamamos Vera.

Recuerdo que lo primero que hizo cuando la trajeron a casa fue dejar su regalito en el arenero, y probar la comida de un Merlín que la miraba aluciflipando.

Se paseaba por la casa como la reina de los mares que es ella. Tan pancha.

Pocos minutos después ya jugaban, se perseguían y se acurrucaba juntos.

Son una pareja ideal, se adoran, se acompañan, se asean el uno al otro y se turnan para hacer gamberradas para que ninguno de los dos sea siempre el “malo”.

A pesar de todo lo malo que a veces toca pasar, adoptarles tanto a ellos, como a mi querida Milka, fueron buenas decisiones. Las mejores, de hecho.

El amor que dan, el calor, el cariño… Las risas cuando tiran o rompen algo y salen escopetados a esconderse, los mimos y ronroneos que me despiertan a mitad de la noche, las babitas de merlin cuando se duerme encima de mí y los sermones que me echa Vera cuando guardo el láser antes de tiempo…

Todo eso no tiene precio, son mis luceritos y no los cambio ni por todo el oro del mundo.

Meri.

PEQUES MARIA-01

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